– ¿Sueñas despierto, chico mayor? ¿Quieres contarme qué te parece tan divertido?

Hice una perfecta transición suave de mi película mental al doctor y sonreí al conseguirlo. Noté que él estaba desconcertado. Mis ojos se posaron en un Bugs Bunny de felpa y dije:

– ¿Qué hay de nuevo, viejo?

– Por lo general, Martin, los jóvenes que son muy callados tienen muchas cosas en la cabeza. Tú tienes una mente de primera y tus notas en la escuela lo demuestran. ¿No crees que ha llegado la hora de que me cuentes qué te preocupa?

Bugs Bunny empezó a enarcar las cejas y a morder juguetonamente el cuello del psiquiatra.

– El precio de las zanahorias -respondí.

– ¿Qué?-El loquero se quitó las gafas de montura de pasta y limpió los cristales con la corbata.

– ¿Ha visto alguna vez un conejo con gafas?

– Tú no me sigues, Martin. No estás siendo lógico.

– Y el buen cuidado de los ojos, ¿no es lógico?

– Llegas a conclusiones erróneas.

– No es cierto. Erróneas son las conclusiones que no se deducen de las proposiciones establecidas. El buen cuidado de los ojos guarda relación con comer zanahorias.

– Martin, yo… -El médico estaba ruborizado y sudoroso. Bugs Bunny le lanzaba zanahorias al escritorio.

– No me llame Martin, llámeme «chico mayor». Me sienta bien.

– Cambiemos de tema -propuso él al tiempo que se ponía las gafas-. Háblame de tus padres.

– Son adictos al zumo de zanahoria.

– Comprendo. ¿Y eso qué significa?

– Que tienen buena vista.

– Comprendo. ¿Algo más?

– Orejas largas y cola peluda.



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