
Los años llegaron y se fueron. Mi madre y yo seguimos adelante. Su silencio pasó de asombroso a mundano; el mío, a medida que mis recursos mentales se desarrollaban, de tenso a relajado. Entonces, en el último año en el colegio, los profesores notaron por fin que yo sólo hablaba cuando me dirigían la palabra. A raíz de aquello, me obligaron a que consultara con un psiquiatra infantil.
El psiquiatra me impresionó por su condescendencia y por la poco natural atracción que le inspiraban los niños. En su despacho había una serie de juguetes dispuestos de una forma no demasiado sutil: animales de peluche y muñecas, con ametralladoras de plástico y soldaditos intercalados. Enseguida comprendí que era más listo que él.
Mientras me sentaba en el diván, él señaló los juguetes.
– No sabía que fueras tan mayor. Catorce años. Estos juguetes son para niños pequeños, no para los mayores como tú.
– Soy alto, pero no mayor.
– Lo mismo da. Yo soy bajo. Los bajos tienen problemas diferentes que los altos, ¿no crees?
Su interrogatorio era fácil de seguir. Si respondía que sí, equivaldría a reconocer que tenía problemas; si decía que no, me soltaría una perorata sobre que todo el mundo tenía problemas y luego me contaría alguno de los suyos en un truco barato de empatía.
– No lo sé, ni me importa -contesté.
– Los chicos que no se preocupan de sus propios problemas tampoco suelen preocuparse de sí mismos. Algo un poco raro, ¿no te parece?
Me encogí de hombros, le dediqué una de esas miradas inexpresivas que utilizaba para mantener a distancia a los otros chicos y pronto empezó a desvanecerse hasta convertirse en un mero punto, mientras mi mente aplicaba el zoom al oso de peluche de mi derecha. Al cabo de una fracción de segundo, el oso de peluche apuntaba a la cabeza del loquero con un bazuca de plástico y yo me eché a reír.
