
Este silencio ha creado expectación entre los agentes de la ley, que están convencidos de que el número de víctimas de Plunkett puede ascender a una cincuentena. Thomas Dusenberry, el agente del FBI responsable de la investigación que condujo a su detención, declaró: «Por las características psicológicas de los asesinatos Behrens/Liggett y De Nunzio/Cafferty, así como de una serie de asesinatos y desapariciones cuya secuencia temporal se corresponde con lo que sabemos de los movimientos de Martin Plunkett, sospecho que éste es autor de otras treinta muertes y desapariciones sin resolver, por lo menos. Una confesión, voluntaria o inducida mediante drogas, ahorraría a las fuerzas del orden incontables horas de investigación, pues muchos de los casos que atribuimos a Plunkett todavía están abiertos.»
Pero el recluso, cuyo expediente académico indica que posee una inteligencia de genio, no suelta prenda -y mucho menos confiesa- y, según las leyes, no puede ser forzado a hacerlo. Así pues, dos grupos diferentes están elevando peticiones a los altos responsables de las instituciones penitenciarias del estado de Nueva York para que los autoricen a acceder a sus recuerdos criminales: los cuerpos policiales, deseosos de «aclarar» los homicidios por resolver de sus respectivas jurisdicciones, y los psicólogos forenses, ávidos de sondear la mente de un brillante asesino en serie. Hasta el momento, todas las peticiones han sido rechazadas, al tiempo que los representantes de la Unión Americana de Derechos Civiles han declarado que intervendrán legalmente si, en un intento de obligarlo a confesar, se administran sustancias psicotrópicas a Plunkett por la fuerza.
La última palabra sobre el caso Plunkett tal vez la haya pronunciado el alcaide de Sing Sing, Richard Wardlow: «Se me escapan las complejidades legales y psicológicas de este asunto, pero una cosa sí puedo decirles: Martin Plunkett no volverá a ver la luz del día.
