

David Liss
El asesino ético
Traducción de Encarna Quijada
Título original: The Ethical Assassin
1
Era un viernes por la tarde, poco después de las siete, pero parecía que estábamos a mediodía. En Florida, agosto se hace eterno, implacable, se niega a abrir el puño, y aunque se acercaba el crepúsculo, estábamos a más de treinta y siete grados. Mi cuerpo empezaba a acusar el efecto pesado y debilitador del calor, que acentuaba el olor que impregnaba el ambiente… un hedor tangible y esquivo, como la película de grasa que se forma sobre un cuenco de cocido frío. Era más que un olor, era algo sólido, lo bastante consistente para que lo sintieras como una bola de algodón en el fondo de la garganta. Una miasma pútrida remolineaba y revoloteaba por las calles del parque de caravanas. Y no me refiero al olor de la basura recalentada que se acumula en los bordillos… a carcasas putrefactas de pollo, pañales sucios y peladuras de patata. No tuve esa suerte. Olía como el retrete de un campo de prisioneros. Peor.
Y allí estaba yo, sobre el escalón de hormigón agrietado que subía a la caravana, sujetando la puerta mosquitera con el hombro. El sudor me bajaba por el costado y se pegaba a mi camisa. Me había puesto a vender poco después de comer, y estaba aturdido, como un autómata, perdido en el absurdo de llamar a los timbres de las casas, soltar mi rollo y seguir adelante. Miré a derecha e izquierda, a las casas blancas desvaídas, y me pareció divertido aunque también muy triste no poder recordar si había pasado por aquella calle.
Lo único que quería era entrar en alguna de aquellas caravanas, escapar del calor. El aparato del aire acondicionado de la ventana zumbaba, traqueteaba, casi se sacudía; el agua de la condensación goteaba en un abismo erosionado de arena blanca.
