Llevaba demasiada ropa para aquel calor, y cada pocas horas necesitaba una inyección de aire acondicionado, como un antídoto, para tenerme en pie. No había elegido mi atuendo para estar cómodo, sino para dar una apariencia de profesionalidad y hacer negocios: chinos de color tostado, con las arrugas planchadas por la humedad, una camisa con gruesas rayas blancas y azules, y una corbata de punta cuadrada de color turquesa y de unos siete centímetros de ancho. Corría el año 1985, y a mí me parecía que la corbata era muy guay.

Llamé otra vez con los nudillos y clavé el dedo en el brillante timbre. Nada. A través de la puerta a duras penas me llegaba el sonido amortiguado de un televisor, o quizá un estéreo; vi que se movían ligeramente las tablillas de las persianas, pero no salió nadie. Quienquiera que fuesen aquellas personas, no les reprocho que se agacharan detrás del sofá con un dedo en los labios: «Chis». Allí estaba yo, a su puerta, un adolescente con corbata tratando de venderle algo; y seguro que ellos, acertadamente, pensaban ¿quién necesita nada? Pero claro, ¿quién los necesitaba a ellos? Era un sistema de autoselección. Solo llevaba cuatro meses con aquello, pero eso ya lo había entendido. Los que te abrían eran los que interesaba que te abrieran. Los que te dejaban pasar eran los que interesaba que te hicieran pasar.

La tira de la pesada cartera de cuero marrón, que mi padrastro me había dejado rescatar a desgana de la caja donde la tenía acumulando polvo en el garaje, se me clavaba en el hombro. Tocar aquella cosa siempre hacía que me sintiera sucio, y olía a sopa de guisantes secos. Hacía años que él no la usaba, pero aun así se hizo el ofendido antes de ceder y dejarme que limpiara las cagadas de los ratones y la lustrara con reparador de cuero.

Ajusté la tira para que me hiciera menos daño, bajé los escalones y me alejé por el viejo sendero que dividía el césped, que en realidad no era más que un océano de arena salpicado por unas pocas isletas de pata de gallina.



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