Los muchachos, Kunz y Gálvez, estaban comiendo en lo de Belgrano. Si Larsen hubiera atendido su propia hambre aquel mediodía, si no hubiera preferido ayunar entre símbolos, en un aire de epílogo que él fortalecía y amaba, sin saberlo -y ya con la intensidad de amor, reencuentro y reposo con que se aspira el aire de la tierra natal-, tal vez hubiera logrado salvarse o, por lo menos, continuar perdiéndose sin tener que aceptarlo, sin que su perdición se hiciera inocultable, pública, gozosa.

Varias veces, a contar desde la tarde en que desembarcó impensadamente en Puerto Astillero, detrás de una mujer gorda cargada con una canasta y una niña dormida, había presentido el hueco voraz de una trampa indefinible. Ahora estaba en la trampa y era incapaz de nombrarla, incapaz de conocer que había viajado, había hecho planes, sonrisas, actos de astucia y paciencia sólo para meterse en ella, para aquietarse en un refugio final desesperanzado y absurdo.

Si hubiera recorrido el edificio vacío para buscar la escalera de salida -milagrosamente, una mujer de metal continuaba volando a su pie, sonriente, con las ropas y el pelo arrastrado rígidamente por un viento marino, sosteniendo sin esfuerzo una desproporcionada antorcha con llama de cristal retorcido-, es seguro que habría entrado a almorzar en lo de Belgrano. Y entonces hubiera ocurrido -ahora, antes de que aceptara perderse- lo que sucedió veinticuatro horas después, en el mediodía siguiente, cuando él ya había hecho, ignorándolo, la elección irrevocable.

Porque al siguiente mediodía entró en lo de Belgrano y vio que Gálvez y Kunz se volvían para mirarlo desde la mesa en que comían; no lo invitaron a sentarse con ellos, no lo llamaron. Pero mantuvieron sus ojos, sus caras de asechanza y liviana sabiduría dirigidas hacia él, sin pedir nada ni desearlo, como si contemplaran un cielo nublado y esperaran desinteresados la caída de la lluvia. De modo que Larsen se acercó a la mesa desprendiéndose el sobretodo, y roncó:



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