
– Permiso, si no molesto.
Renunció al fiambre para alcanzarlos; comieron la sopa, el asado y el flan mientras hablaban, vehementes, insinceros, sin tomar partido, de climas, cosechas, políticas, la vida nocturna en las diversas capitales de provincia. Cuando fumaban sobre pocillos de café, Kunz, el más viejo, que parecía teñirse el pelo y las cejas, miró a Gálvez y señaló a Larsen con un dedo.
– ¿Así que usted es el nuevo Gerente General? ¿Cuánto? ¿Tres mil? Perdone, pero como Gálvez está a cargo de la administración lo vamos a saber muy pronto. Tiene que anotarlo en los libros. Acreditado al señor Larsen, ¿Larsen, verdad?, dos o tres o cinco mil pesos por sus honorarios correspondientes al mes de junio.
Larsen lo miró, primero a uno, un rato, después al otro, tomándose tiempo; había construido una frase insultante, sonora, ideal para su voz de bajo y para el silabeo moroso. Pero no pudo comprobar que se burlaran; el más viejo, peludo y redondo, corpulento, encorvado como una araña, con la piel de la cara marcada por arrugas profundas y escasas, Kunz, lo miraba sin otra cosa que curiosidad y un brillo de ilusión infantil en los ojos renegridos; el otro, Gálvez, mostró con franqueza la dentadura de adolescente y se acarició calmoso la cabeza desnuda.
«Nada más que divertidos, como si buscaran un chisme para contárselo esta noche a las mujeres que no tienen. O que tal vez tengan, pobres desgraciados los cuatro. No hay motivo para pelear.»
– Es así, como dice -dijo Larsen-. Soy el Gerente, o lo voy a ser si el señor Petrus acepta mis condiciones. Además, no hace falta decirlo, tengo que estudiar la situación real de la empresa.
– ¿La situación real? -preguntó Gálvez-. Está bien.
– Recién conocemos al señor -dijo Kunz con un relámpago de sonrisa respetuosa-. Pero lo correcto es decirle la verdad.
