
– Me parece correcto -dijo Kunz, peinándose la melena con las manos, repentinamente serio y triste-. Seis mil pesos. No es demasiado, no es poco. Una suma adecuada al puesto.
Entonces Larsen encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás, sonriente, condenado a defender algo que ignoraba, a pesar del ridículo y el error.
– Gracias otra vez -dijo-. Cinco mil está bien. Mañana empezamos. Les prevengo que me gusta que se trabaje.
Los dos hombres asintieron con la cabeza, pidieron más café, dedicaron tiempo y silencio a ofrecerse cigarrillos y fósforos. Miraron por la ventana la calle gris y barrosa: Gálvez fue alzando a sacudidas la cabezapelada para un estornudo que no vino, después pidió la cuenta y la firmó. En el último charco de la calle desierta el cielo se reflejaba, marrón y sucio. Larsen pensó en Angélica Inés y en Josefina, en cosas pasadas que tenían la virtud de consolarlo.
– Bueno, cinco mil si prefiere -dijo Gálvez, después de mirar a Kunz-. A mí me da lo mismo, es el mismo trabajo. Pero dicen, acá se sabe todo, que usted es casi el yerno. Lo felicito si es verdad. Una chica muy buena y los treinta millones. No en efectivo, claro, no todo suyo; pero nadie se animaría a discutirme que es el capital social.
Perdido y empezando a saberlo, provocador y lánguido, Larsen movió los labios y la lengua para cambiar de lugar al cigarrillo en la boca.
– En cuanto a eso no hay nada concreto y es personal -dijo con lentitud-. A ustedes, sin ofensa, sólo debe importarles que soy el Gerente y que mañana empezamos a trabajar en serio. Esta tarde la voy a dedicar a mandar telegramas y hablar por teléfono a Buenos Aires. Hoy hagan lo que quieran. Mañana a las ocho estoy en la oficina y vamos a reorganizar las cosas.
