
– Un momento -interrumpió Gálvez-. Usted es el experto en alta técnica. Puede decir si las cosas se pudren por la humedad del río, o por el oxígeno. Al fin, todo se pudre, todo cría cáscara y hay que tirarlo o venderlo. Para eso está; y para conseguir negocios, Gerente Técnico, dos mil pesos. Nunca me olvido, ningún mes, de cargarlos a Jeremías Petrus Sociedad Anónima. Pero esto es otra cosa, esto es mío. Señor Larsen: suponiendo que usted decida aceptar el cargo de Gerente General, ¿puedo preguntarle qué sueldo piensa pedir? No es más que curiosidad, le pido que comprenda. Yo anotaré lo que usted diga, cien pesos o dos millones, con todo respeto.
– Algo entiendo de llevar libros -sonrió Larsen.
– Pero podría orientar al amigo -dijo Kunz, sonriente, sirviéndose vino-. Podría violar secretos y ayudarlo con antecedentes.
– Claro, ya estaba decidido -asintió Gálvez, agitando la cabeza calva-. Para eso le preguntaba. Sólo quería saber cuál era el sueldo de un Gerente General del astillero a juicio del señor Larsen.
– Debería decirle cuánto cobraron los anteriores.
– No me importa, gracias -dijo Larsen-. Lo estuve pensando. Por menos de cinco mil no me quedo. Cinco mil cada mes y una comisión sobre lo que pase más adelante -mientras alzaba el pocillo del café para chupar el azúcar,se sintió descolocado y en ridículo; pero no pudo contenerse, y no pudo dar un paso atrás para salir de la trampa-. Estoy viejo para hacer méritos. Con eso me arreglo, puedo ganar eso en otro lado. Lo que me importa es hacer marchar la empresa. Ya sé que hay millones.
– ¿Qué tal? -preguntó Kunz a Gálvez, inclinando la cara sobre el mantel.
– Bueno, está bien -dijo Gálvez-. Espere -se acarició el cráneo y aproximó a Larsen la sonrisa-. Cinco mil. Lo felicito, es el máximo. Tuve gerentes generales de dos, de tres, de cuatro y de cinco. Está bien, es un sueldo para el puesto. Pero permítame; el último de cinco mil, otro alemán, Schwartz, que pidió una escopeta prestada para matarme a mí o al señor Petrus, pionero, no se sabe con certeza, y estuvo una semana haciendo guardia en la puerta de atrás, entre mi casa y el edificio, y al fin disparó, dicen para el Chaco, trabajaba por cinco mil hace un año. Es por ayudarlo. Yo sé que la moneda bajó mucho desde entonces. Usted podría pedir, ¿no le parece, Kunz?, seis mil.
