Carney, un hombre observador por naturaleza, se fijó en una furgoneta negra aparcada cerca de su propio domicilio. Era un vehículo con lunas reflectantes y manchado de barro. Enseguida reconoció la matrícula de West Virginia, y recordó que había visto la furgoneta en la calle varias veces durante los últimos días. En aquel momento los coches que estaban delante arrancaron. Cuando el semáforo se puso en verde olvidó por completo la furgoneta. Rápidamente estuvo en la FDR Drive

Veinte minutos después descolgó el teléfono del automóvil y llamó a su mujer. Le preocupó que no le contestara. Habían planeado que Percey haría el viaje con él, la noche anterior incluso habían echado a suertes quién iba a conducir, y ella había ganado obsequiándole con una de sus características sonrisas de victoria. Sin embargo, se había despertado a las tres de la mañana con una jaqueca espantosa que le había durado todo el día. Después de hacer algunas llamadas telefónicas, encontraron un copiloto sustituto; Percey se tomó un iorinal y volvió a la cama.

La jaqueca era el único trastorno que podía dejarla en tierra.

El larguirucho Edward Carney, de cuarenta y cinco años y que aún se cortaba el pelo al estilo militar, ladeó la cabeza mientras escuchaba la señal de llamada. Cuando respondió el contestador, devolvió el teléfono a su soporte algo preocupado.

Mantuvo el coche a una velocidad exacta de 100 kilómetros por hora, centrado perfectamente en el carril de la derecha; como la mayoría de los pilotos, era conservador al volante. Confiaba en los demás aviadores pero pensaba que la mayoría de los conductores están locos.

En la oficina de Hudson Air Charters, en los terrenos del Aeropuerto Regional de Mamaroneck, en Westchester, le esperaba una tarta. La pulcra y arreglada Sally Ann, que olía como el departamento de perfumes de Macy's



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