Pensó nuevamente en Percey y se dirigió hacia su oficina para llamarla otra vez.

Tampoco hubo respuesta.

Entonces la preocupación se convirtió en ansiedad. La gente que tiene niños o negocios propios siempre contesta al teléfono. Colgó el auricular y pensó en llamar a un vecino para pedirle que pasara a ver cómo estaba su mujer. Pero en aquel momento un enorme camión blanco se detuvo frente al hangar próximo a la oficina y llegó el momento de ponerse manos a la obra.

Talbot le dio a Carney una docena de documentos para firmar; en aquel momento apareció el joven Tim Randolph, con traje oscuro, camisa blanca y una angosta corbata negra. Tim se refería a sí mismo como «copiloto» y a Carney eso le gustaba. Los «primeros oficiales» eran gente de empresa, un invento de las grandes aerolíneas, y si bien Carney respetaba a todo hombre que fuera competente en el asiento de la derecha, la pedantería le molestaba.

Lauren, la asistente de Talbot, alta y de pelo castaño, tenía puesto su vestido de la suerte, cuyo color azul hacía juego con el tono del logotipo de Hudson Air: la silueta de un halcón sobrevolando una bola del mundo. Se inclinó hacia Carney y murmuró:

– Todo saldrá bien, ¿verdad?

– Muy bien -aseguró. Y le dio un abrazo, y también a Sally Ann, quien le ofreció un poco de pastel para el vuelo. Pero Ed Carney lo rechazó. Quería irse. Lejos del sentimentalismo, lejos de los festejos. Lejos del suelo.

Y pronto lo estuvo. Volando a tres millas

Volaron hacia un crepúsculo magnífico: un perfecto disco naranja que se ocultaba tras unas enormes y alborotadas nubes color rosa y púrpura, traspasadas por los rayos del Sol.

Sólo la aurora podía comparársele en belleza. Y sólo las tormentas eran más espectaculares.

Había mil ciento sesenta kilómetros hasta O'Hare y cubrieron esa distancia en menos de dos horas. El Centro de Control del Tráfico Aéreo de Chicago les pidió cortésmente que descendieran a catorce mil pies, luego los pasó al Control de Aproximación.



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