«Vamos, Percey. ¡Cógelo! ¿Dónde estás?… Por favor…»

Desde ATC les dijeron:

– Nueve Charlie Juliet, reduzca velocidad a uno ocho cero. Contacte torre. Buenas noches.

– Roger, Chicago. Uno ocho cero nudos. Buenas noches.

Tres llamadas.

¿Dónde diablos está? ¿Qué pasa?

El nudo en su estómago se hizo más opresivo.

El turbohélice sonaba con un gemido. El hidráulico se quejaba. La estática crepitaba en los auriculares de Carney.

Tim exclamó:

– Aletas treinta, tren abajo.

– Aletas, treinta, treinta, verde. Tren bajo. Tres verde.

Y luego al fin, en su auricular, un sonido agudo, la voz de su esposa diciendo:

– ¿Hola?

Se rió muy fuerte aliviado.

Carney comenzó a hablar pero, antes de que pudiera articular palabra, el avión dio una fuerte sacudida, tan brutal que en fracción de segundos la fuerza de la explosión le arrancó los abultados auriculares de las orejas y ambos hombres chocaron contra el panel de control. Metralla y chispas explotaron a su alrededor.

Anonadado, Carney cogió instintivamente la inerte palanca de mandos con su mano izquierda, ya no tenía la derecha; se volvió hacia Tim justo en el momento en que el cuerpo ensangrentado y destrozado del muchacho desaparecía por el agujero abierto al costado del fuselaje.

– Oh, Dios. No, no…

Entonces toda la cabina se separó del avión que se desintegraba y se levantó en el aire, dejando atrás al fuselaje, las alas y los motores del Lear, envuelto en una bola de fuego.

– Oh, Percey -murmuró-, Percey…

Pero ya no había micrófono por el que hablar.

Capítulo 2

Grandes como asteroides, amarillo hueso.



5 из 380