
Tim hizo la llamada.
– Aproximación de Chicago. Con usted el Lear Cuatro Nueve Charlie Juliet a catorce mil.
– Buenas noches, Nueve Charlie Juliet -dijo otro amable controlador aéreo-. Descienda y mantenga ocho mil. Altímetro en Chicago treinta punto uno uno. Espere vectores para veintisiete izquierda.
– Roger
O'Hare es el aeropuerto con más movimiento del mundo y ATC
Diez minutos después la misma voz agradable, entre alguna que otra interferencia, solicitó:
– Nueve Charlie Juliet, rumbo cero nueve cero a inicial para veintisiete izquierda.
– Cero nueve cero. Nueve Charlie Juliet -respondió Tim.
Carney miró hacia arriba, hacia los brillantes puntos de las constelaciones en el asombroso cielo metálico y pensó: «Mira, Percey, son todas las estrellas de la noche…».
Y con ello sintió la que fue la única urgencia no profesional de toda su carrera. Su preocupación por Percey subió como la fiebre. Necesitaba con desesperación hablar con ella.
– Toma la nave -le dijo a Tim.
– Sí, Roger
El Control del Tráfico Aéreo crepitó:
– Nueve Charlie Juliet, descienda a cuatro mil. Mantenga el rumbo.
– Roger, Chicago -replicó Tim.
– Nueve Charlie Juliet fuera de ocho para cuatro.
Carney cambió la frecuencia de su radio para hacer una llamada unicom. Tim lo miró.
– Llamo a la Compañía -le explicó Carney. Cuando se comunicó con Talbot le pidió que transfiriera la llamada a su casa.
Mientras esperaba, Carney y Tim fueron realizando los controles rutinarios previos a la maniobra de aterrizaje.
– Flaps… veinte grados.
– Veinte, veinte, verde -respondió Carney.
– Control de velocidad.
– Ciento ochenta nudos.
Mientras Tim hablaba a su micrófono -«Chicago, Nueve Charlie Juliet, cruzando la cabecera de cinco para cuatro»- Carney escuchó que el teléfono comenzaba a sonar en su domicilio de Manhattan, a setecientas millas de distancia.
