
Durante dos días me había empeñado yo en perseguir a una liebre. Mi perra la corría sin parar, pero yo nunca lograba ponerme a distancia de tiro de ella. No soy dado a creer en brujerías, porque he visto muchas cosas maravillosas en mi vida, pero mi lucha con esa maldita liebre me tenía a mal traer. Por fin, el segundo día, logré acercarme lo suficiente al animal y di fin a la cacería. Entonces, ¿qué creéis que descubrí con gran asombro? La famosa liebre tenía cuatro pares de patas, dos en el vientre y otros dos en el lomo. Así, cuando las patas inferiores se cansaban, el animal daba una vuelta en el aire y renovaba con más bríos su carrera.
Nunca he vuelto a ver una liebre como ésa, que sin duda se me hubiera escapado, sin la ayuda de mi fiel perra. Diana era muy superior a todos los otros perros de su raza, y me atrevería a llamarla única, si no fuera por otra perra, una galga, también de mi posesión, que le disputaba el puesto. No era tanto su figura sino su velocidad lo que deslumbraba. Nadie que la haya visto en acción dejó de admirarla, y mucho menos se extrañó de que yo la tuviera en tan alta estima y cazara tan a menudo con ella. Tanto fue lo que corrió este sufrido animal, cazando conmigo, que en su vejez las patas se le habían gastado casi hasta la altura del vientre; aun así, supo prestarme buenos servicios de otras maneras.
