
Apeándome, aproximé el oído al suelo y descubrí con asombro que los gemidos provenían de debajo de la tierra, y no sólo eso, sino que pude distinguir las voces de mi esposa, mi teniente y el criado. Advertí entonces que, a poca distancia, se abría el pozo de una mina de carbón, y ante este descubrimiento ya no me quedaron dudas de que mi esposa y sus acompañantes habían caído en ella. Me dirigí a todo galope al pueblo, donde ubiqué fácilmente a los mineros. Después de denodados esfuerzos, consiguieron rescatarlos del pozo, que mediría cuando menos veinticinco metros de profundidad.
El primero en salir a la superficie fue mi criado con su caballo. Después le tocó a mi teniente con su cabalgadura, y por último, a mi esposa con la suya. Lo más curioso del caso fue que nadie -ni personas ni animales- habían sufrido más daño que unos leves magullones y un considerable susto. Como todos pueden suponer, ya nadie pensó en la partida de caza. Y como pienso que quienes me oyen se habrán olvidado de mi perro, a lo largo de esta narración, me sabrán disculpar que yo también lo haya olvidado.
Al día siguiente debí emprender un viaje por asuntos de servicio, del que recién volví quince días después. Al regresar, pregunté por mi Diana, sólo para descubrir que nadie tenía noticias de ella. Mis criados supusieron que me la había-llevado en mi viaje, pero no siendo así, había que renunciar a la idea de volver a verla con vida.
Mas de pronto se me ocurrió una idea. ¿No estaría aún donde vi las perdices? Me dirigí sin demora al sitio, con la esperanza de ver confirmada mi ilusión, y al llegar encontré a mi fiel perra clavada en el lugar donde la había dejado dos semanas atrás.
