En el preciso instante en que yo, en medio de los enemigos, entraba en la ciudad, habían dejado caer el rastrillo de la puerta, que de un solo tajo seccionó la parte trasera de mi cabalgadura. Sólo esa parte trasera de mi caballo -que en un comienzo, quedó atrapada entre los enemigos-, les causó graves estragos, a pura coz. Luego se había dirigido hacia un prado cercano, donde la encontraría si me dignaba ir a buscarla. De inmediato, di la vuelta y a la mayor velocidad que me permitía mi medio corcel corrí al prado, donde con gran alegría encontré la mitad posterior, entregada a placenteras actividades con las yeguas que por allí correteaban.

Teniendo así la certeza de que ambas mitades de mi caballo estaban vivas y sanas, mandé llamar a nuestro veterinario. En el acto, él decidió unir las dos, partes, cosiéndolas con los tallos de un laurel que crecía en las cercanías. La herida curó rápidamente y sin problemas, y ocurrió algo que me habría asombrado si no hubiese yo sabido de antemano que se trataba de un animal maravilloso: los tallos del laurel enraizaron en el cuerpo del caballo y brotaron, creando una enramada bajo la cual, en más de una ocasión, pude pasearme a la sombra de mis laureles, para rematar aquel glorioso episodio.

Aprovecharé para relatarles un leve inconveniente, consecuencia del combate recién referido. Había pasado tanto tiempo acuchillando turcos que mi brazo adquirió el irresistible hábito de realizar el movimiento correspondiente, aun en ausencia de enemigos. Temiendo acuchillarme a mí mismo o a alguno de los míos, decidí que lo mejor sería llevar el brazo en cabestrillo durante ocho días, como si lo tuviera herido, y de esa manera inmovilizarlo hasta tanto abandonara la peligrosa costumbre.

Relataré ahora otra hazaña que a nadie debe extrañar, proviniendo de un hombre capaz de montar un caballo como mi potro lituano.



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