
Habiendo pasado por esa experiencia, decidí que sería mejor buscar una manera de liberarse de los osos. Pronto ideé una. Unté con miel la lanza de un carro y me escondí en las cercanías, al acecho, durante la noche. A poco llegó un oso atraído por el olor de la miel. Comenzó a lamer con tanta glotonería que pronto acabó por tragarse todo el palo, que le atravesaba las fauces, el estómago y el vientre hasta salirle por el agujero trasero. Cuando la lanza asomó, introduje en el orificio de la punta una clavija, de forma tal que la bestia no tenía manera alguna de retirarse, y así lo dejé hasta el día siguiente. El Sultán, que casualmente se paseó por esos campos, durante la mañana, casi murió de risa al ver al oso así capturado.
No pasó mucho tiempo hasta que rusos y turcos hicieron las paces, y fui enviado de nuevo a San Petersburgo junto con otros muchos prisioneros de guerra. Una vez allí, tomé licencia y dejé Rusia precisamente en el momento en que se gestaba la gran revolución que estalló hará unos cuarenta años y en la cual el Emperador, aún en pañales, así como sus padres, el Duque de Brunswick, el general Munich y tantos más, fueron deportados a Siberia.
Recuerdo que aquel invierno fue extraordinariamente frío en toda Europa, tanto que hasta al mismo Sol le salieron sabañones y todavía se pueden ver las marcas en su cara.
Como es de suponer, yo también sufrí las consecuencias del frío y mi viaje de vuelta fue mucho más penoso que el de ida.
Mi hermoso corcel lituano había quedado en manos de los turcos, de manera que muy a mi pesar me vi obligado a viajar en posta. Nos encontramos de pronto en un angosto camino flanqueado por altísimos arbustos y terraplenes. Conociendo los peligros que tal situación implicaba, sugerí al conductor que hiciera sonar su cuerno, a fin de evitar que otro carruaje se nos acercara en dirección contraria. El hombre intentó poner en práctica mi consejo, pero por más que sopló y sopló con todas sus fuerzas, no logró hacer salir el más leve sonido del cuerno.
