
Recordé entonces que el guisante de Turquía crece con increíble velocidad y con igual rapidez alcanza extraordinaria altura. En el acto, planté un guisante que de inmediato germinó, brotó, empezó a crecer, y en un abrir y cerrar de ojos fue a enroscar uno de sus zarcillos precisamente en uno de los cuernos de la Luna.
Trepando con gran celeridad por el largo tallo, llegué sin inconvenientes al astro, pero no era tarea fácil encontrar un hacha de plata en un lugar donde todo es de plata. Finalmente, la hallé en medio de un montón de paja. Decidí entonces regresar, pero descubrí consternado que el calor del Sol había marchitado el tallo de mi escala vegetal y lo había vuelto tan quebradizo que, descender por él, era arriesgarse a romperse la cabeza. ¿Qué podía hacer en semejante apuro?
Recordé entonces la paja sobre la cual había encontrado mi hacha y trencé con ella una cuerda de la mayor longitud posible. Até uno de sus extremos a uno de los cuernos de la Luna y descolgándome por ella emprendí el regreso. Me sostenía con la mano derecha y llevaba el hacha en la izquierda. Cuando llegué al extremo inferior, corté con el hacha la parte superior de la cuerda, por encima de mi puño, la anudé a la punta inferior-de la que me sostenía- y reanudé el descenso. Repitiendo esta operación unas cuantas veces, pude distinguir, debajo de mí, los campos del Sultán. Me debía encontrar tan sólo a dos leguas del suelo cuando la improvisada cuerda, cediendo a mi peso, se quebró. Por el golpe que me di al caer contra el suelo quedé medio aturdido. Al recuperar la conciencia, descubrí que el impacto de mi cuerpo sobre la tierra había producido un hoyo de varios metros de profundidad, en cuyo fondo me encontraba. Pero como la necesidad es muy buena consejera, pronto se me ocurrió que podía fácilmente excavar una escalera con mis uñas, que tenían un largo de cuarenta años. Así pude volver a ver la luz del día.
