
Y así, azuzando sin descanso con mi látigo al lobo, llegué a San Petersburgo, causando el lógico asombro de quienes me veían pasar.
No quiero que os aburráis con charlas sobre el arte, las ciencias y otras tantas cosas notables de la capital rusa, ni mucho menos con las intrigas y aventuras de la alta sociedad, donde las damas son tan hospitalarias. Prefiero referirme a temas más dignos, por ejemplo a los caballos y los perros, animales por los que he sentido siempre gran estima, y luego me referiré a los zorros, los lobos y los osos, animales que abundan en Rusia más que en ningún otro país. Y por último, describiré los pasatiempos, pruebas de destreza y fuerza, proezas y cacerías, que son las cosas que realmente definen a un verdadero caballero, y no así el dominio del griego o el latín, ni todos los refinamientos de los peluqueros franceses.
Como pasó un tiempo antes de que pudiera enrolarme en el ejército, estuve unos dos meses sin otra actividad ni preocupación que gastar mi dinero y mis días, de la manera más noble posible. El clima riguroso y la marcada propensión de los nativos han hecho que en Rusia la botella tenga un rol social desconocido en nuestra sobria Alemania. De modo que pude encontrar en Rusia a personas que merecen ser llamadas verdaderos virtuosos del arte de beber. Pero todos estos virtuosos no eran más que simples aprendices, comparados con un veterano general de barba canosa y tez cobriza que solía comer con nosotros. Había perdido la parte superior de su cráneo, combatiendo contra los turcos, de manera que cada vez que se presentaba un desconocido, se veía obligado a pedir disculpas por no quitarse el sombrero.
