
En otra ocasión, me hallaba en uno de esos magníficos bosques de Rusia y me crucé con un hermoso ejemplar de zorro. Perforar esa soberbia piel hubiera sido una lástima. El amigo zorro se había escondido detrás de un árbol. Rápidamente, saqué el plomo de mi escopeta y coloqué en su lugar un clavo. Hice fuego con tan buena puntería que la cola del zorro quedó clavada en el tronco del árbol. Entonces, y con total tranquilidad, me aproximé con mi cuchillo de monte, con el cual le hice un corte en forma de cruz en la cara. luego le di de latigazos hasta que se salió de su propia piel tan perfectamente, que el solo verlo era una maravilla.
El azar y la casualidad, a menudo, reparan nuestros errores. Una vez tropecé en un espeso bosque con un jabato y una jabalina que corrían hacia mí. Les disparé con tan mala suerte que no di en el blanco. Sin embargo, el jabato, que iba delante, salió corriendo espantado, mientras que la jabalina se quedó inmóvil, como clavada en el suelo. Al acercarme para averiguar la razón de tan extraño comportamiento, descubrí que se trataba de una jabalina ciega que, con la boca, andaba agarrándose del rabo del jabato que fielmente le hacía de lazarillo. Mi disparo, al pasar entre los dos animales, había cortado el rabo, cuyo extremo aún sostenía la jabalina en sus fauces. De inmediato, agarré la otra punta del rabo y tirando de él, conduje al animal tranquilamente hasta mi casa.
Por muy fieras y peligrosas que sean las hembras, pueden ustedes estar seguros de que el jabalí macho es aun más feroz y terrible. Una vez me encontré en medio de un bosque con un jabalí, con tan mala suerte que no estaba preparado para defenderme y mucho menos para atacarlo.
