
Tenía un buen trecho hasta casa, y al poco rato comencé a arrepentirme de haber capturado tantos patos. Fue entonces cuando sucedió algo inesperado. Los patos aún estaban vivos, y al recuperar poco a poco sus facultades, comenzaron a aletear vigorosamente, elevándose en el aire y elevándome por lo tanto a mí con ellos. Lejos de dejarme amedrentar por la situación, decidí usarla en mi provecho y, sirviéndome de los faldones de mi casaca, dirigí el vuelo en dirección a mi casa. Cuando estuve sobre el techo de mi vivienda, el asunto era descender suavemente, para lo cual fui retorciendo el cuello a los animales uno tras otro y de forma gradual, bajando paulatinamente con tan buena puntería que acerté justo en la chimenea, para gran asombro de mi cocinero. Tuve la gran suerte de que el fuego estuviera apagado.
Una historia parecida a ésta me ocurrió con una bandada de perdices. Había salido a probar una escopeta nueva y ya había agotado todos mis perdigones cuando, a mis pies, descubrí una bandada de perdices. De inmediato me acometió el deseo de contar con la presencia de algunas de ellas en mi mesa, esa noche. Movido por tal deseo, se me ocurrió un método que, sin duda, cualquiera puede emplear con suma eficacia en situaciones parecidas. Una vez que vi el sitio donde la bandada se había posado, cargué el arma, introduciendo, en vez de perdigones, la baqueta, cuyo extremo -que yo había afilado como pude y apresuradamente- sobresalía del cañón. Así pertrechado, apunté contra las perdices y disparé con tan buena fortuna que el hierro en vuelo ensartó siete de ellas. Sin duda debieron asombrarse de verse tan rápidamente en el asador.
