
¿Quién puede afirmar entonces que no fue un piadoso cazador, un abad o un obispo aficionado a la caza quien plantó de un disparo la cruz en la frente del ciervo de San Humberto? En casos extremos, un buen cazador prefiere recurrir a los recursos más extraños, antes que perder una buena oportunidad. Yo- mismo he pasado muchas veces por situaciones similares.
Citaré como ejemplo el siguiente caso…
Me encontraba una vez en un bosque de Polonia, ya sin municiones; caía la tarde, y yo marchaba de regreso a mi casa, cuando se cruzó en mi camino un enorme oso con la evidente intención de devorarme. Por más que busqué y rebusqué en todos mis bolsillos, sólo pude hallar dos pedernales de ésos que uno siempre lleva encima en previsión de un apuro. Sin pensármelo demasiado, arrojé uno a las fauces abiertas del animal. Al parecer, el bocado no fue del agrado del oso, que dio media vuelta. Aproveché entonces la ocasión para arrojarle la segunda piedra al otro extremo de su aparato digestivo, con tan buena fortuna que no sólo penetró en el animal sino que en su interior chocó con la primera, provocando una cantidad tal de chispas que el oso saltó en mil pedazos por los aires.
Mi destino era, sin duda, ser atacado por las más terribles fieras justamente en los momentos en que estaba más indefenso, como si el instinto les indicara la debilidad de mi posición. Me sucedió una vez que, apenas había terminado de quitar el pedernal de mi escopeta, se lanzó contra mi persona un oso gigantesco. Sólo atiné a trepar a toda velocidad a un árbol, con tan mala fortuna que en la ascensión perdí mi cuchillo de monte, que había utilizado para aflojar el pedernal. El oso rondaba la base del árbol y, de un momento a otro, subiría en pos de mí. Hubiera podido detonar la escopeta sacando chispas de mis ojos, como ya había hecho en otra ocasión, pero la idea no me atraía demasiado, ya que los fuertes dolores que me había provocado persistían.
