Miraba con tristeza mi cuchillo, clavado en la nieve al pie del árbol, pero ninguna mirada triste podría mejorar la situación. De pronto, se me ocurrió una idea tan feliz como singular. Rebuscando en mi morral, donde suelo llevar una abundante variedad de cosas, encontré un ovillo de hilo, un pequeño trozo de hierro curvo y una buena cantidad de pez. Rápidamente, até el trozo de hierro a uno de los extremos del cordel y luego lo embadurné de pez, que ablandé con el calor de mi pecho. Una vez que tuve todo preparado, arrojé con presteza el aparejo hacia abajo, logrando apoyar el hierro sobre el mango de mi cuchillo, que se adhirió a él por efecto de la mezcla que, al endurecerse por el frío, formaba una especie de fuerte pegamento. Izando el hilo con cuidado, pude así recuperar ingeniosamente mi cuchillo. Apenas había terminado de atornillar de nuevo mi pedernal, cuando el oso decidió que había llegado el momento de venir por mí. "Tenía que ser oso, pensé, para elegir tan bien el momento", y lo recibí con una cálida bienvenida de plomo, de forma que no le quedaron ya más ganas de andar trepando árboles.

Recuerdo otra vez que me vi de pronto cara a cara con un feroz lobo; tan cerca lo tenía que mi único recurso fue hundirle el puño en las fauces. Llevado por el instinto, hundí mi puño cada vez más, hasta el hombro. Ya en este punto, tuve que considerar cuál sería mi próximo paso. Si sacaba el brazo de sus fauces, el lobo se me echaría encima. En consecuencia, y sin pérdida de tiempo, sujeté firmemente sus entrañas y tiré hacia mí, dándolo vuelta como si fuera un guante, y lo dejé muerto sobre la nieve.

No me atreví, sin embargo, a utilizar este método con un perro rabioso que se cruzó en una calle de San Petersburgo. Me eché a correr a toda velocidad, y para hacerlo más cómodamente me quité la capa y la arrojé tras de mí. Permanecí refugiado en mi hogar y, más tarde, envié a uno de mis criados a recuperar la capa perdida.



10 из 63