

Laurell K. Hamilton
El beso de mistral
Meredith Gentry 05
CAPÍTULO 1
SOÑÉ CON CARNE ARDIENTE Y GALLETAS. ENTENDÍ LO DEL SEXO, pero las galletas… ¿Por qué galletas? ¿Por qué no pasteles, o carne? Pero eso es lo que mi subconsciente escogió soñar. Estábamos comiendo en la diminuta cocina de mi apartamento de Los Ángeles -un apartamento en el que ya no vivía, aparte de en sueños, claro-. Allí estábamos yo, la princesa Meredith -el único miembro de la familia real del Mundo de las Hadas que había nacido en suelo americano- y mis guardias reales, más de una docena de ellos.
Se movían a mi alrededor con sus pieles del color de la noche más oscura, del color de la nieve más blanca, del color de los pálidos brotes recién nacidos y del color de las marrones hojas otoñales caídas en el suelo del bosque, un arco iris de hombres moviéndose desnudos por la cocina.
En la cocina real del apartamento apenas habríamos cabido tres de nosotros, pero en el sueño todo el mundo andaba por el estrecho espacio que había entre el fregadero, la cocina y los armarios como si tuviéramos todo el sitio del mundo.
Estábamos tomando galletas porque acabábamos de tener sexo y parecía que con todo ese esfuerzo nos había dado hambre. Los hombres andaban a mi alrededor con gracia y completamente desnudos. A varios de ellos nunca los había visto desnudos. Se movían con la piel del mismo color que el brillo del sol en verano, el blanco translúcido de los cristales, colores para los que no tenía nombre porque esos colores no existían fuera del mundo de las hadas. Debería de haber sido un buen sueño, pero no lo era. Sabía que algo no estaba bien, tenía ese sentimiento de ansiedad en el que uno se adentra cuando percibe que las visiones de felicidad son sólo simplemente un disfraz, una ilusión para encubrir la fealdad que está por venir.
