Y el plato de galletas estaba ahí tan inocente, tan normal, pero aún así me molestaba. Intenté llamar la atención de los hombres, tocándolos, sujetándolos, pero cada uno de ellos sucesivamente cogía una galleta y le pegaba un mordisco como si yo no estuviese allí.

Galen con su pálida piel de un verde claro y ojos mucho más verdes mordió una galleta y un chorro de algo salió disparado de su interior. Algo espeso y oscuro. Un poco de ese líquido oscuro se escurrió por la comisura de su besable boca cayendo sobre la encimera blanca. Esa única gota salpicada se esparció, y era roja, muy roja y fresca. Las galletas estaban sangrando.

De un manotazo arranqué la galleta de la mano de Galen. Recogí la bandeja para evitar que los hombres siguieran comiendo. Estaba llena de sangre. Goteaba y rebosaba por los bordes, vertiéndose en mis manos. La dejé caer rompiéndose en pedazos, y los hombres se agacharon como si fuera lo más normal del mundo comer en el suelo y entre cristales rotos. Les empujé hacia atrás, gritando…

– ¡No!

Doyle alzó la vista mirándome con sus negros ojos y dijo:

– Pero si es lo único que hemos tenido para comer desde hace mucho tiempo.

El sueño cambió, como lo hacen los sueños. Yo estaba de pie en un campo abierto rodeado por un círculo de árboles distantes. Más allá de los árboles, las colinas se alzaban contra la palidez de una noche de invierno iluminada por la luna. La nieve se extendía como una manta lisa sobre la tierra. Yo estaba de pie, hundida en la nieve hasta los tobillos. Llevaba puesto un holgado vestido largo tan blanco como la nieve. Mis brazos estaban expuestos a la fría noche. Debería de estar congelándome, pero no era así. Era un sueño, simplemente un sueño.

Luego, noté algo en el centro del claro. Era un animal, un pequeño animal blanco, y pensé… Es por eso que no lo he visto, pues era blanco, más blanco que la nieve. Más blanco que mi vestido, que mi piel, tan blanco que parecía resplandecer.



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