
Abeloec comenzó a alejarse de la copa, pero me bajé de la cama y me puse de pie delante de él.
– Traerás todo lo que aprendiste de ti mismo en este triste y largo tiempo, pero todavía serás tú. Serás quién eras, sólo que más viejo y más sabio. La sabiduría comprada a alto precio no es nada que tengas que lamentar.
Él me observó con sus ojos de un oscuro y perfecto gris.
– Me obligas a beber.
Negué con la cabeza.
– No. Debe ser tu elección.
– ¿No me lo ordenarás?
Negué otra vez.
– La princesa tiene una visión muy americana sobre la libertad -dijo Rhys.
– Tomo eso como un elogio -dije.
– Pero… -dijo Abe, suavemente.
– Sí -dijo Rhys-, eso significa que todo está en ti. Es tu elección. Tu destino. Todo está en tus manos. Como vulgarmente se dice, tienes en tus manos suficiente cuerda para colgarte.
– O para salvarte -dijo Doyle, y él se acercó quedándose de pie al otro lado, como una oscuridad más alta contrapuesta al blanco de Rhys. Abeloec y yo estábamos de pie con el blanco a un lado, y el oscuro al otro. Rhys había sido una vez Cromm Cruach, el Dios de la Muerte y la Vida. Doyle era el jefe de los asesinos de la reina, pero antes había sido Nodons, el Dios de la Sanación. Estábamos de pie entre ellos, y cuando miré a Abeloec algo se reflejó en sus ojos, una sombra de esa persona que yo había vislumbrado en la colina dentro de la capucha de una capa.
Abeloec levantó la copa, tomando mis manos con ella. Levantamos la copa juntos y él inclinó la cabeza. Sus labios vacilaron durante el tiempo de un suspiro en el borde de aquel liso cuerno, después bebió.
Alzó la copa hasta que tuvo que caer de rodillas para que mis manos se mantuvieran en la copa mientras él la levantaba. La bebió de un largo trago.
