Su risa me hizo sonreír, y hubo risitas en contestación por toda la habitación. Era la clase de risa que podía ser contagiosa. Él se reía y tú tenías que reírte con él.

– Simplemente por sostener la copa en tu mano -dijo Rhys-, tu risa me hace sonreír. No has sido así de divertido en siglos -Él giró su infantilmente hermosa cara hacia nosotros, con su cicatriz donde su otro ojo de tres tonalidades diferentes de azul había estado-. Bebe, y mira lo que quedó de quien pensabas que eras, o no bebas, y vuelve a ser una sombra y un chiste.

– Un mal chiste -dijo Abeloec.

Rhys asintió con la cabeza y se acercó a nosotros. Sus blancos rizos le caían hasta la cintura, enmarcando un cuerpo que era el más musculoso de todos mis guardias. Era también el más bajo de estatura, un sidhe de pura sangre que sólo medía 1’70 metros era algo casi inaudito.

– ¿Qué puedes perder?

– Tendría que intentarlo otra vez. Tendría que preocuparme otra vez -dijo Abe. Él miró fijamente a Rhys, tan fijamente como me miraba a mí, como si lo que decíamos lo significara todo.

– Si todo lo que quieres es arrastrarte lentamente hacia otra botella u otra dosis de polvo blanco, entonces hazlo. Aléjate un paso de la copa y deja a alguien más beber -dijo Rhys.

Una mirada de dolor cruzó la cara de Abeloec.

– Es mío. Es parte de lo que yo era.

– El Consorte no mencionó tu nombre, Abe -dijo Rhys-. Él le dijo a Merry que compartiera, no con quién hacerlo.

– Pero es mío.

– Sólo si lo tomas -dijo Rhys, y su voz era baja y clara, y de alguna manera suave, como si entendiera más que yo el por qué Abe tenía miedo.

– Es mío -dijo Abe otra vez.

– Entonces bebe -dijo Rhys-, bebe y sé feliz.

– Bebe y condénate -dijo Abeloec.

Rhys tocó su brazo.

– No, Abe, dilo, y haz todo lo posible por creértelo. Bebe y sé feliz. He visto a más de nosotros volver a recuperar nuestro poder que tú. La actitud es importante. Lo afecta, o puede hacerlo.



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