– ¿Te atreves a criticar a tu reina? -preguntó ella.

Toqué el brazo de Rhys, apretándolo. Él miró primero mi mano, luego mi cara. Lo que sea que él vio allí le hizo respirar profundamente y negar con la cabeza.

– Nadie se atrevería a hacer eso, Reina Andais. -Su voz sonaba resignada otra vez.

– ¿Qué darías tú por una señal de que la vida está regresando a los jardines? -preguntó Doyle.

– ¿Qué quieres decir con una señal? -preguntó ella, y su voz contenía toda la sospecha de alguien que nos conocía demasiado bien.

– ¿Qué darías por algún indicio de vida aquí en los huertos?

– Un poco de viento no es un signo -dijo ella.

– ¿Pero no valdrían nada para ti, los albores de la vida aquí en los jardines, mi reina?

– Por supuesto que valdría algo.

– Podría significar que nuestro poder está regresando -dijo Doyle.

Ella señaló con la espada, la plata brillando débilmente bajo la luz.

– Sé lo que significaría, Oscuridad.

– ¿Y un regreso de nuestro poder, qué valdría eso para ti, Reina?

– Sé a dónde quieres llegar, Oscuridad. No trates de jugar a estos juegos conmigo. Yo los inventé.

– Entonces no jugaré. Lo expondré claramente. Si podemos traer algún indicio de vida a estos mundos subterráneos, entonces tú te esperarás para castigar, de cualquier forma, a los integrantes de la Casa de Nerys. O a cualquier otro.

Una sonrisa tan cruel y fría como una mañana de invierno curvó sus labios.

– Buena jugada, Oscuridad, buena jugada.

Se me cerró la garganta al darme cuenta de que si él hubiera olvidado la última frase, algún otro habría pagado su cólera. Alguien que habría sido importante para Doyle, o para mí, o para ambos, si ella los pudiera haber encontrado. Rhys estaba en lo cierto: era un juego peligroso, este juego de palabras.



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