
– Lo sé -dijo él.
Ella me miró, entonces. No fue una mirada amistosa.
– Disfruta de Mistral, Meredith. Disfrútale y sabe que él regresará a mí cuando esto esté hecho.
– Gracias por prestármelo -dije, y mantuve mi voz absolutamente vacía.
Ella me hizo una mueca.
– No me lo agradezcas, Meredith… todavía no. Tú sólo te has acostado con él una vez. -Ella me señaló con la espada. -Aunque veo que has descubierto lo que él considera placer: A él le gusta provocar dolor.
– Entonces habría pensado que él sería tu amante ideal, tía Andais.
– Me gusta causar dolor, sobrina Meredith, no ser la víctima.
Tragué con fuerza, para evitar decir lo que pensaba. Finalmente lo conseguí.
– No sabía que eras una sádica pura, Tía Andais.
Ella me miró ceñudamente.
– Sádica Pura… esa es una frase extraña.
– Sólo quise sólo decir que no sabía que a ti no te gustaba soportar ningún tipo de dolor en absoluto.
– Oh, me gustan unos pequeños mordiscos, unos leves arañazos, pero no me gusta eso. -De nuevo, ella señaló mi pecho. Dolía donde Mistral me había mordido, y tenía una huella casi perfecta de sus dientes, aunque él no había roto la piel. Estaba amoratado, pero nada más.
Ella sacudió la cabeza, como si ahuyentara un pensamiento, luego se volvió, y el movimiento hizo que su túnica negra se arremolinara a su alrededor. Sujetó el borde de la túnica para ponerla en su lugar. Miró hacia atrás por encima de su hombro una última vez antes de entrar en la oscuridad y viajar de regreso del mismo modo que había venido. Sus últimas palabras no fueron un alivio.
– Después de que Mistral tenga su pequeña experiencia con ella, no vengáis gritándome que él ha roto a vuestra pequeña princesa. -Y el pedazo de oscuridad donde ella había estado se quedó vacío.
Tantos de nosotros dejamos escapar un suspiro de alivio al mismo tiempo que fue como el sonido del viento en los árboles. Alguien dejó escapar una risa nerviosa.
