– Desnúdate -le dije.

Él sonrió, un breve vislumbre de sonrisa al menos.

– ¿Y entonces?

– Nos acostaremos.

– Yo primero -dijo Abeloec, abrazándome desde atrás.

Incliné la cabeza.

– De acuerdo.

La cara de Mistral se ensombreció; casi podía ver nubes en sus ojos. No quería decir que sus iris se volvieran grises, sino que veía nubes flotando en sus pupilas.

– ¿Por qué es él el primero? -preguntó.

– Porque él puede ser parte de los juegos sensuales previos -dije.

– Ella quiere decir, que una vez que yo la haya follado, luego tú podrás ser más rudo -dijo Abeloec.

Mistral sonrió otra vez, pero esta sonrisa fue diferente. Ésta fue una sonrisa que me hizo respirar más profundamente.

– ¿Realmente te gustó lo que le hice a tu pecho? -preguntó.

Tragué saliva, apretándome contra el cuerpo de Abeloec, casi como si tuviera miedo al hombre más alto parado delante de mí. Asentí con la cabeza.

– Sí -susurré.

– Bien -dijo él, y trató de alcanzar las ligaduras de cuero que sostenían su armadura en su sitio. -Muy bien -murmuró.

CAPÍTULO 4

EN EL MOMENTO EN QUE ABELOEC ME DEJÓ SOBRE UN LECHO de ropa, nuestra piel comenzó a brillar. Era una delgada capa formada por las camisas y las túnicas de mis guardias, con el suficiente grosor para que no me pinchara con la seca vegetación que cubría el suelo. Allí estaba amontonada toda la ropa que los hombres llevaban puesta, que no era mucha, dejándoles a todos desnudos. Aún así, todavía podía sentir las ramas y las hojas secas mientras se desmenuzaban bajo mi peso.

La sensación que transmitía no era la de una tierra en invierno. No importa lo frío que sea el invierno, ni la profundidad de la nieve, la tierra transmite una sensación de espera dando la impresión de que simplemente está dormida, que el sol la despertará y la primavera llegará.



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