
Mistral me agarró de nuevo del pelo, girándome la cabeza de modo que no pudiera ver cómo trabajaba la magia de Abeloec sobre mi cuerpo. La mirada en la cara de Mistral me podría haber asustado si hubiéramos estado solos. Me besó con fuerza, con tanta fuerza que lastimaba. No tenía otra opción que abrirle mi boca o cortarme los labios con mis propios dientes. Abrí la boca.
Su lengua se sumergió en mi interior, como si tratara de hacerle a mi boca lo que Abeloec hacía entre mis piernas. Fue sólo su lengua, pero continuó empujando dentro, presionando hasta que tuve que abrirla tanto que comenzó a dolerme la mandíbula. Empujó su lengua hasta tan hondo en mi garganta que tuve arcadas y retrocedió. Pensé que lo hacía para dejarme tragar y tomar aliento, pero retrocedió para poder reírse. Dejó escapar un sonido de puro placer masculino que bailó sobre mi piel y provocó un eco semejante al ruido de unos truenos distantes.
Que se detuviera me dio la posibilidad de centrarme en Abeloec. Había encontrado un ritmo con el que se hundía hasta lo más profundo de mí, con una fricción continuada y rítmica que finalmente me habría hecho culminar. Pero es que además, su cuerpo palpitaba dentro del mío. Era como si su magia palpitara con el mismo ritmo que su cuerpo, de manera que cada vez que se sumergía profundamente en mi interior, la magia palpitaba aún más duramente, y vibraba más rápida.
Aproveché la posibilidad que Mistral me había dado, para decir…
– Abeloec, ¿estás creando magia a la vez que tienes relaciones sexuales?
Su voz llegó tensa debido a la concentración con la que actuaba.
– Sí.
Comencé a decir, Oh Diosa, pero la boca de Mistral encontró la mía, y sólo pude decir…
– Oh, Dios…
Mistral empujó su lengua tan profunda y bruscamente en mi boca, que pareció el sexo oral que se practica a veces, cuando el hombre es demasiado grande como para que sea cómodo. Si luchas contra ello, duele, pero si te relajas, a veces, puedes hacerlo. Puedes dejar que el hombre se introduzca en tu boca sin que te llegue a romper la mandíbula. Nunca había dejado que nadie me besara como él, y justo mientras luchaba por permitírselo, pensé en todo el poder que él podía ejercer en otros asuntos, y ese pensamiento me hizo abrirme aún más, a los dos.
