
Tanto Abe como Mistral le miraron.
– A la reina no le importa en absoluto nuestros estados de ánimo – dijo Mistral.
– A ella, sí -contestó Doyle.
Abeloec me miró y comenzó a descender lentamente, a todo el mundo le hubiera parecido que estaba haciendo una flexión, salvo que mi cuerpo estaba en medio. Su boca encontró la mía antes de que su cuerpo me presionara. Me besó, y el brillante azul resplandeció, apareciendo líneas carmesí y esmeralda. Las líneas multicolores brillaron hacia la mano de Mistral, y parecía como si aquellas líneas fueran de cuerda, yendo de su boca a la mía y pasando del cuerpo de Abeloec a mi cuerpo. Yacía medio arrodillado y medio atravesado sobre la zona inferior de mi cuerpo. Extendió mis piernas de modo que su cuerpo se acomodara entre ellas. Pero creo que fue su dedo el que encontró el primer indicio de humedad.
Su voz sonó ahogada cuando dijo…
– Todavía estás húmeda.
Habría contestado, pero la boca de Mistral encontró la mía, y di la única respuesta que pude. Levanté mis caderas hacia la inquisitiva mano de Abeloec. Lo siguiente que sentí fueron sus manos moviéndose hacia mis caderas. La punta de su verga rozando mi sexo.
Mistral separó su boca de la mía y dijo, mitad susurrando, mitad gimiendo…
– Jódela, jódela, jódela, por favor -y la última palabra salió en un largo suspiro que terminó en algo parecido a un grito.
Abeloec se empujó hacia mi interior, y sólo entonces comenzó a palpitar con su poder. Casi se parecía a un gran vibrador, excepto que este vibrador estaba caliente, vivo, y tenía una mente y un cuerpo detrás.
Aquella mente movió el cuerpo con ritmos que con ninguna otra ayuda mecánica se podían haber producido. Observé el empuje de Abeloec entrando y saliendo de mí cuerpo como un brillante astil, aunque indudablemente era carne lo que entraba y salía de mí. Carne suave, firme y vibrante.
