– Así es y el aire fresco es agradable.

¿Fresco? Tara se preguntó si él se daba duchas frías sólo por diversión, pero no lo expresó. La imagen de Adam Blackmore en la ducha era demasiado perturbadora. Se obligó a controlarse.

– ¿Después de un día detrás del escritorio? -Tara se sintió satisfecha del tono ligero que logró darle a su voz.

– Después de un día detrás del escritorio -confirmó Adam con una sonrisa que le indicaba que el cambio de actitud no lo había engañado ni por un instante.

– Es por aquí.

Se adentraron en una calle lateral hasta llegar al patio central, que tiempo atrás estuvo rodeado de establos y cocheras, ahora derruidos o convertidos en pequeños apartamentos. El de Tara en el primer piso era su hogar y refugio desde hacía seis años. Al subir por la escalera, se preguntó, no por primera vez, si no había sido una locura arriesgarlo todo en un negocio cuando podía tener la seguridad económica de trabajar para alguien más. Alguien como Jim. Reprimió un estremecimiento al pensar en eso.

– No esperaba esto -comentó Adam, mirando a su alrededor-. Creía que todo lo antiguo había desaparecido hacía tiempo en Maybridge.

– Los constructores han hecho su mejor esfuerzo, pero de alguna manera se olvidaron de este rincón en su empeño por modernizar. Y, afortunadamente, el lugar no tiene las dimensiones necesarias para un estacionamiento para autos -agregó Tara con tono irónico.

Adam extendió una mano en espera de que ella le entregara la llave y, con cierta renuencia, ella lo hizo. Adam la introdujo en la cerradura y abrió la puerta. En el quicio, la joven se volvió dudosa hacia él.

– ¿Quieres una taza de café?

– Ya estás a salvo en casa, Tara. Ya has corrido los riesgos suficientes para un día -sus pestañas velaban la expresión de sus ojos, pero sonreía divertido-. Buenas noches.



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