
– ¿Y lo guardas aquí? -preguntó ella, sorprendida.
– Este es un lugar público. Tiene unos sótanos magníficos bajo la misma calle. El propietario me permite guardar mis vinos en sus cavas.
– Cierto -asintió Tara-. Son conocidas como Queen's Head. Recuerdo que los sótanos fueron descubiertos durante las excavaciones, pero creía que habían sido cerrados por los constructores.
– No seas sacrílega, Tara Lambert. Las buenas cavas son difíciles de encontrar.
– No es un tema que se encuentre en mi línea de negocios. Pero debes conocer bien al propietario para confiarle tus vinos -observó ella-. En especial si son tan buenos como este.
– Podríamos decir que somos muy buenos amigos -Adam sonrió-. ¿Quieres postre o café? -agregó cuando la camarera retiraba los platos.
– No, muchas gracias. Estuvo delicioso, pero ya comí demasiado y tengo que irme.
Adam firmó la cuenta, rechazando la insistencia de ella en el sentido de pagar su parte, y se puso de pie. Sentado era imponente. De pie, la superaba en estatura al menos por quince centímetros.
La ayudó a ponerse el abrigo y al tocarle el hombro, provocó un calorcillo inesperado en ella, que la asombró y perturbó. Tara se apartó para buscar el paraguas y disimular su agitación. Al volverse, Adam le sostenía la puerta abierta.
– Muchas gracias por todo, Adam.
– ¿Por todo? ¿Estás segura? -él rió al ver su confusión. Tomó la mano que la joven le ofrecía y se la puso bajo el brazo-. Te acompañaré hasta tu casa por si tu admirador ha decidido esperarte -agregó antes que ella pudiera protestar.
– No es necesario -aseguró ella, aprensiva-. El no es peligroso -añadió.
– No. Sólo molesto -la voz de Adam era fría-. Yo no lo seré. ¿Por dónde nos vamos?
– Pero no llevas tu abrigo -para ser marzo, no hacía mucho frío, mas era necesario un abrigo ligero. Adam sólo aguardó la respuesta a su pregunta, ignorando la objeción-. Por aquí -indicó ella, finalmente- Al menos ha dejado de llover.
