
El sonido de los pasos que se acercaban la impulsó a entrar en el bar antes de pensar lo que haría una vez que estuviera dentro.
Todavía no daban la siete y la concurrencia era numerosa, mas no reconoció a nadie. Dejó el paraguas y colgó la gabardina en el vestíbulo. Al menos estaría rodeada de gente, y ya que se encontraba allí comería algo, decidió. Había tenido un día difícil y el aroma a buena comida la hizo recordar lo hambrienta que estaba. Pero se concretaría en pedir lo más económico del menú. Al mirar a su alrededor, en busca de una mesa desocupada, la puerta de la entrada se abrió a su espalda.
– ¡Tara!
Con un movimiento instintivo, la joven se sentó en una silla cercana, ocultándose detrás de unas plantas, junto a un hombre que estudiaba atento un documento sobre la mesa.
– ¡Por favor finja que estoy con usted! -murmuró ella apresurada. Pero por el gesto de disgusto del hombre, Tara supo al instante que cualquier intento de seguridad era una ilusión. A pesar de los hilos de plata que adornaban un mechón rizado que caía sobre su frente bronceada, él era más joven de lo que pensó Tara al principio. No tendría más de treinta y cinco años y no era atractivo; de hecho, sus facciones eran toscas. Unas espesas cejas oscuras cubrían los ojos verde mar que parecían perforarla hasta el alma, en busca de sus más íntimos secretos. La nariz tenia la huella inconfundible de un golpe, tal vez de un puño; los labios formaban una línea tensa sobre el duro mentón. Era el rostro de un depredador, de un pirata del siglo veinte. Y sus reacciones iban de acuerdo con su apariencia.
Después de una mirada breve sobre el hombro de Tara, sin vacilación, la tomó por la cintura sorpresivamente y la atrajo contra su pecho. Ella abrió los labios y percibió un aroma a limpio, a cuero, a algo más.
