
– ¿Oh? -la sonrisa de la joven fue forzada-. No olvides que cobro por hora.
– Y a tarifa doble después de las seis de la tarde, a no dudar. Te garantizo que se te pagará y desquitarás hasta el último céntimo -le indicó Adam. Sus ojos bucaneros reflejaban la luz del fuego de la chimenea. O tal vez ella lo imaginó por la falta de alimento.
Como si le leyera la mente, Adam la llevó a una mesa dispuesta para dos y le retiró la silla.
– Sírvete, Tara -le indicó. Mientras ella llenaba dos platos, él sirvió el vino.
La joven comió despacio, saboreando cada bocado, hasta que, satisfecha, dejó escapar un suspiro.
– ¿Te sientes mejor? -inquirió Adam con tono divertido.
– Mucho -concedió ella. Con el estómago lleno, podía ser generosa.
– Transmitiré tus felicitaciones al chef.
– ¿No cocinaste tú? -preguntó ella con sorpresa fingida. Apoyó un codo sobre la mesa y el mentón en la mano, mirándolo con falsa inocencia-. Claro que no, qué tonta soy. ¿Para qué molestarte en cocinar si es evidente que eres el propietario del restaurante-bar?
– ¿Por qué, realmente? -Adam se levantó-. Ven a sentarte conmigo.
– No puedo. Hay que lavar los platos y desquitar cada céntimo, ¿te acuerdas? -ella recogió los platos en una bandeja y los llevó a la cocina. Adam la alcanzó y le quitó la bandeja de las manos.
– Deja eso, Tara -su sonrisa era provocativa-. El tiempo para comer estoy dispuesto a pagarlo, pero el de lavar tos platos, es cosa tuya -la tomó del brazo y con mano firme la llevó hasta la chimenea.
– ¡Es real! -exclamó ella, feliz, con alivio por e! pretexto de soltarse de los dedos de Adam y extender las manos hacia el fuego-. Pensaba que era uno de esos artefactos de gas.
– No me interesan las imitaciones, Tara -él esperó a que ella se instalara en un mullido sillón con forro de piel antes de entregarle un brandy y ocupar un sillón frente a ella-. De cualquier especie.
