Así que su cita para almorzar había sido con su secretaria. Evidentemente no estaba tan enferma.

– Tu comentario no es reconfortante, Adam. La desnutrición tampoco es contagiosa.

– El sarcasmo no te llevará a ninguna parte conmigo, Tara. Estoy consciente de que no has tenido tiempo para cenar y me encargaré de que nos suban algo. Podrás cenar cuando termines.

– Muchas gracias.

El ascensor privado los llevó al penthouse y Tara fue directamente a su oficina para empezar a trabajar. Estaba cansada, al igual que hambrienta y a punto de estallar en lágrimas. Eso no era frecuente en ella. Pero el día había estado lleno de tensiones, y si se permitía pensar demasiado en ello, se derrumbaría.

– ¿Cuánto más demorarás?

Mientras ella trabajaba, Adam se había quitado el traje y ahora usaba un deslavado pantalón de mezclilla que se ajustaba a sus piernas y caderas como una segunda piel.

– Un par de minutos -respondió Tara al mirar la impresora.

– Entonces, deja que la maquina termine sola -la tomó del brazo para levantarla y llevarla a sus aposentos, a otro mundo.

La sala era muy amplia. El suelo de madera pulida parecía extenderse por todas partes, interrumpido aquí y allá por tapetes persas y muebles que habrían podido exhibirse en una galería de arte moderno. Las ventanas en forma de arco en uno de los muros permitían contemplar las luces del valle del Támesis. Frente a ellos había una chimenea, en la que ardía un tronco enorme, flanqueada por dos óleos de Mark Rothko.

Tara se detuvo en la puerta, embebida por tanta belleza.

– ¿Y bien?

– Yo… -no podía hacer un comentario que sonara banal, por lo que sólo le brindó una sonrisa débil-. Sólo estaba preguntándome si me pedirás que pula los suelos en mis momentos libres.

– No tendrás un momento libre, Tara -los ojos de Adam brillaban revelando malicia.



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