
Adam la desafío con la mirada a que lo rechazara, a que ignorara el calor de su cuerpo contra ella, la forma en que su boca mostraba una insolencia sensual, invitándola a hacer el primer movimiento y arriesgarse al creciente deseo que había aparecido en el restaurante.
Qué difícil era para la joven ignorar el clamor que corría impaciente por sus venas y hacía vibrar su piel, rogando que la acariciaran los largos dedos, incluyendo al pulgar que ya estaba demasiado cerca del pezón que, traicionero, se insinuaba contra la tela del vestido.
Un momento más habría sido definitivo, pero sin advertencia previa, él se puso de pie, levantándola consigo, con lo que provocó una exclamación de sorpresa de parte de Tara. Con una sonrisa, Adam la depositó en el suelo suavemente.
– Tienes razón, Tara. Más vale revisar la impresora. Luego te llevaré a tu casa.
Las manos de la joven temblaban al tratar de poner los papeles en orden. Logró meterlos en una carpeta, que luego sostuvo como un escudo para defenderse de Adam cuando éste entró en la oficina.
– Vamos, se hace tarde -le indicó él, quitándole la carpeta para dejarla sobre el escritorio. La ayudó a ponerse el abrigo y sonrió al verla mantenerse alejada mientras se lo abotonaba con rapidez. Entonces solicitó el ascensor y cuando éste llegó, le sostuvo la puerta abierta para que pasara-. No te mostré todo el apartamento -expresó, manteniendo la puerta abierta.
– Creo que vi lo suficiente -murmuró Tara, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
– Al menos por esta noche -confirmó él.
Caminaron en silencio por la calle desierta hasta el apartamento de la joven.
– Hasta mañana, Tara -se despidió él mientras le apartaba de la frente el mechón rebelde que nunca quería quedarse en su sitio.
