Al sentir su roce, ella estuvo a punto de perder el control y lanzarse en sus brazos.

– ¿A qué hora me esperas mañana? -preguntó, apartándose.

– A la hora que llegues, cariño, encontrarás que ya estoy trabajando -manifestó él con tono insolente, consciente del efecto que provocaba en ella.

– ¿Esperas que te crea? -Tara se atrevió a lanzarle una sonrisa desafiante-. Estaré allí a las nueve. Un día de catorce horas es lo máximo que puedes esperar de mí.

– Ya veremos. Buenas noches, Tara -con un saludo militar, él se alejó y la joven cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, todavía sintiendo el calor de los dedos varoniles en la piel. Se regañó, molesta consigo misma. Adam Blackmore era un tirano que nada sabia de ella. Sólo la consideraba una sustituta de su secretaria en todos los sentidos. Pobre mujer. Bueno, ese no era su problema, se dijo, furiosa. Por atractivo y deseable que él fuera.

Se alejó de la puerta. Si quería dormir, necesitaba una bebida caliente. Y cada fibra de su ser necesitaba todo el sueño que pudiera obtener. Cada una de sus terminaciones nerviosas estaba alterada por el día pasado en presencia de Adam. Hizo una mueca al recordar los momentos que estuvo en el regazo de él luchando contra los impulsos que la hacían querer rodearle el cuello con los brazos y que la llevara a dar el anunciado recorrido por todo el apartamento.

– Vaya ayuda que resultaste -murmuró al tocarse el broche. Tomó una foto enmarcada de la cornisa de la chimenea y la miró con dureza. El rostro que le sonreía era demasiado joven, de otro mundo, cuando ella tenía dieciocho años y la vida era muy simple-. ¿Por qué tenía que ser él? -preguntó, pero la foto no respondió y la dejó en su sitio con un suspiro.

La luz indicadora de mensajes parpadeaba en el contestador automático, pero la ignoró. Podía esperar hasta que se preparara un chocolate, pensó. Puso la leche a hervir y fue a vestirse con el pijama.



26 из 126