
"Embarazada". Recordó la convicción con la que Adam había pronunciado la palabra. Estaba absolutamente seguro. Era probable que Jenny Harmon lo supiera, pero no le comentó nada a ella, únicamente dijo que la secretaria permanente estaba ausente por enfermedad. Solo había un motivo por el cual guardar el secreto, por el cual Adam pagaba una clínica privada. Un largo suspiro escapó de sus labios y se obligó a moverse. No era de su incumbencia. Jane no era la primera secretaria que tenía relaciones con su jefe, aun cuando no muchos esposos están dispuestos a guardar las apariencias cuando hay un bebé de por medio. A menos que el esposo de la mujer ya no fuera parte de la ecuación y sólo aguardaban el divorcio para que Jane se convirtiera en la señora de Adam Blackmore.
– No es de mi incumbencia -se repitió en voz alta. Tendría que olvidar que él la besó. Que eso despertó en su interior anhelos largamente adormecidos. El beso no significó nada para él, se dijo, furiosa. El hecho de que Adam fuera capaz de provocar una respuesta tan ávida de su parte sólo era debido a su experiencia. Quizá practicaba en todos sus momentos libres. Con Jane.
Primero tenía que encargarse de los billetes de avión, se recordó. Contempló sus manos, que apretaba con fuerza sobre su regazo. Al abrir los dedos doloridos, se preguntó cuánto tiempo llevaría sentada allí. Demasiado. Tenía un trabajo que hacer y debía sacarlo adelante.
Al tomar el teléfono, otra idea acudió a su mente. Adam le había dicho que tendría que quedarse allí hasta que Jane regresara.
– ¡Santo Dios! -gimió. Podrían pasar meses enteros. La situación empeoraba por momentos y a menos que abandonara la oficina, no había otra solución.
– ¿Cómo es él? -Beth estaba arrellanada en el sofá, sosteniendo un tarro de café en las manos para calentarse los dedos. Tara se sentó en un sillón frente a su amiga y aprovechó el momento para ordenar sus pensamientos y responder con cuidado.
