
– Lo estoy, Tara, ¿Por qué lo preguntas?
– Por nada en especial. Sólo que trabajando para ti… bueno, no imagino cuándo encontró el tiempo.
– ¿No? -la sonrisa de Adam era malévola-. Me ofrecería a hacerte una demostración en este momento, pera me temo que tengo una reunión a la que no puedo faltar.
– Estoy aquí como tu secretaria temporal -le recordó ella, ruborizada-. No tengo que probar si reúno "requisitos" en otros ámbitos, aun cuando caigan en el rubro de "tiempo extra" -antes que terminara de hablar, Tara supo que cometió un error.
Molesto, Adam se acercó a su escritorio y le levantó el mentón.
– Estás muy equivocada en ese sentido, Tara. En este puesto, el sexo cae en la misma categoría que lavar la ropa. Lo harás en tu tiempo libre -sus labios se posaron sobre los de ella con brutal determinación. La joven luchó un instante, mas estaba atrapada por su propia silla y la traicionera disposición de sus labios a corresponder a la caricia. Pero cuando comenzaron a abrirse, él se separó con la furia reflejada en sus verdes ojos y caminó de prisa hacía la puerta, donde se detuvo con la respiración agitada, como si acabara de subir los veintiún pisos corriendo por la escalera.
– Recuérdame deducir eso de tu factura.
Tara permaneció inmóvil en su asiento por lo que le pareció una eternidad. Alargó una mano hacia el auricular y luego la retiró despacio. Ya bastantes preocupaciones tenía Beth sin que su socia la usara como paño de lágrimas. El viaje a Bahrein seria por negocios. Adam no pudo indicárselo con mayor claridad. Y hasta que tuviera asegurado el contrato, ella tendría que mantener fría la cabeza y la lengua sujeta. Ya no habría más cenas en el penthouse. No haría más comentarios tontos que dieran a Adam la oportunidad de probar sus afirmaciones como acababa de hacerlo. Se tocó los labios, que todavía vibraban por el asalto que acababan de sufrir. Sería fácil: Sólo tenía que pensar en Jane.
