
Ella hizo todo lo que le pidió sin objeciones: revisó un informe financiero tantas veces, que los números ya se encimaban ante sus ojos; fue por su ropa a la tintorería; preparó cientos de tazas de café y en general fue tratada como una secretaria inexperta. A las seis y media, todo parecía estar a satisfacción de Adam, si bien jamás se molestó en siquiera darle las gracias.
– No hay nada pendiente, Adam. Me retiro.
El la hizo esperar un minuto antes de levantar la vista. Tara aceptó ese último insulto sin decir palabra hasta que él se dignó a mirarla e hizo un movimiento con la mano para despacharla.
– Así es, Tara. Creo que no hay nada que necesite de ti. Corre a tu nidito de amor -el gesto y las palabras llevaban toda la intención de lastimarla.
La joven se aterrorizó del daño que le hicieron. Se creía inmune a las insinuaciones sexuales de él. Conocía la reacción de hombres como él que tomaban el sereno y eficiente aspecto de ella como un desafío a su virilidad. Pero Adam la sorprendió con la guardia baja y, sin clemencia, aprovechó la situación. Y, desde entonces, seguía haciéndolo.
– ¿Tara?
– Lo lamento, Beth. ¿Qué decías?
– Sólo que creía haberte librado de él anoche. -¿De él? -Tara necesitó un momento para comprender a quién se refería Beth-, Oh, de Jim. Por desgracia no fue así. Pero me interesaría saber qué fue lo que le dijiste. Confesó estar asombrado por el lenguaje que usaste con él.
– Es evidente que no fue suficiente -comentó Beth con acidez-. Pero le dije que si volvía a aparecerse en la oficina, llamaría a la policía.
– ¡Imposible! -exclamó Tara, alarmada-. Prométeme que no lo harás. Piensa en la mala publicidad que eso nos redituaría.
