– Tal vez tengas razón -concedió Beth antes de reír-. Al menos ahora podré decirle que has salido del país. Eso hará que se aleje.

– Sólo si no le dices a dónde he ido. De otro modo, es capaz de seguirme.

– Quisiera poder inspirar en alguien una devoción como esa.

– No es cierto -"si supieras lo cerca que nos puso Jim de perder el contrato con Adam", pensó Tara. Se está convirtiendo en una molestia.

– ¿Qué? -Beth la estudiaba con atención.

– Nada. Yo… -no podía comentarle a Beth sus temores-. Quisiera no tener que hacer ese viaje, eso es todo.

– No seas tonta. Me las arreglaré sola… Oh, ya veo, no se trata de eso. ¿Ha tratado el asombroso señor Blackmore de propasarse contigo?

– ¿Cómo sabes que es asombroso? Nunca mencioné…

– El Financial Times publicó una artículo sobre él hace unas semanas. La fotografía no era muy buena, pero cumplía su cometido. No evadas mi pregunta, ¿Lo ha hecho?

– No. Bueno… sí -Tara alzó los hombros-. Para ser sincera, no estoy segura.

– Sé que estás un tanto fuera de práctica, cariño, mas no es tan difícil decirlo.

– Era como si estuviera poniéndome a prueba, pero… -movió la cabeza. De ser así, ¿por qué había ido a rescatarla? Se obligó a sonreír, confiada-. No volverá a hacerlo.

– De acuerdo, entonces.

– Sí, será sólo por negocios -aseguró Tara, sabiendo que su socia se burlaba de ella.

– Por supuesto.

– ¿Quieres dejar de hacer eso?

– ¿Qué, Tara?

– Lo sabes bien. ¿Crees que debí alentarlo?

– No soy yo quien debe decirlo -Beth apretó los labios.

– Entonces, ¿por qué tengo la impresión de que vas a hacerlo de todas maneras?

– No tengo idea. A los veinticinco años, tienes la edad suficiente para decidir si debes enamorarte o no.

– No seas ridícula.

– Nada ridículo hay en enamorarse. Duele. Quieres que se detenga, pero eso no ocurrió. Escucha la voz de la experiencia.



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