Colocó un codo sobre la mesa y apoyó el mentón en la mano, negándose a esquivar la mirada penetrante de Adam.

– Muy generoso de tu parte. ¿Y qué estás dispuesto a ceder a cambio de la reducción? ¿Diez por ciento menos en eficiencia, o en la jornada de trabajo?

– ¿Se trata de una negociación, entonces? -Adam rió-. ¿Tan confiada estás?

– Tengo motivos para estarlo y tú nada tienes que perder, Adam -pero ella sí. Su paz mental, una cierta tranquilidad que si bien no era tan atractiva como antes, tenía que ser más segura que el viaje en la montaña rusa emocional en la que se montaba cuando él se proponía conquistarla con su atractivo-. Pero creo que debemos poner un límite de tiempo a este período de prueba. No sería bueno para tu negocio el mantenerme indefinidamente como tu rehén, ¿no te parece?

Adam correspondió a su sonrisa.

– ¿Vamos por tu bolso? Dijiste que querías volver a casa para preparar tu maleta.

– En efecto -el cambio de tema no la preocupaba. No esperaba una respuesta inmediata, pero ella había establecido su posición. Adam le retiró la silla y la llevó á la puerta del restaurante.

– A propósito, necesitarás llevar un vestido de gala. Debí decírtelo antes, pero estoy seguro de que tendrás algo clásico y conveniente en tu guardarropa para cubrir cualquier eventualidad.

La descripción perfecta de su guardarropa la irritó. Claro que ella mantenía un vestuario sobrio. Nadie quiere una secretaria deslumbrante, pero él lo hacía parecer un defecto- Como si no tuviera imaginación.



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