– ¿Por qué Bahrein? -preguntó, permitiendo que Adam rellenara su copa-. Me parece un camino demasiado largo para encontrar financiamiento para una planta manufacturera al norte de Gales.

– Al contrario. Muchos de los bancos se establecieron allí cuando Beirut fue destruida. Hay mucho dinero proveniente del petróleo que busca caer en buenas manos.

– Yo había creído que estaría feliz en algún banco suizo -comentó Tara.

– ¿Qué sabes de cuentas bancarias en Suiza? -preguntó Adam, divertido.

– Nada. Bastantes dificultades tengo para mantener tranquilo a un simple gerente de sucursal aquí en casa.

– No deberías decirme cosas como esas -le reprochó Adam con el entrecejo fruncido-. Esa no es la manera de hacer negocios. Si supiera que estás desesperada por conseguir trabajo, podría decidir presionarte para que bajes tus tarifas.

– Podrías intentarlo -lo retó Tara, impetuosa. Dos copas de clarete coadyuvaban a relajarla.

Adam se reclinó en su silla y la sometió a un minucioso examen. Ella le sostuvo la mirada sin titubear, aunque debió hacer un gran esfuerzo.

– No hace mucho que estableciste tu negocio -comentó él.Ella misma se lo había dicho-. La recesión actual debe de haberte afectado y los bancos pequeños siempre son muy miedosos cuando las cosas se ponen difíciles -lo que decía era verdad y Tara logró controlar su lengua. Ya había hablado de más-. Me pregunto qué tan difícil será para ti. No me costaría trabajo averiguarlo y hacerte bajar tus tarifas al mínimo -sonreía de modo malévolo-. Pero seré generoso -se inclinó al frente y de pronto Tara ya no pensó en cuestiones de trabajo, sino en las facciones de él-. Puedes firmar ya el contrato conmigo, Tara, para que regreses a tu seguro pequeño mundo…

– ¿Sí? -Tara aguardaba el coup de gráce.

– Si reduces tus tarifas en un diez por ciento.

Fue como si le hubieran arrojado un cubo de agua helada en la cabeza. Adam no tenía por qué envidiar sus ojos castaños. Poseía el atractivo suficiente para cautivar a cualquiera que tomara desprevenido. Pero ese era un juego y ella debía sonreír. Y entre risas, rechazar una oferta que una semana atrás tal vez habría aceptado, antes que empezara a trabajar para él. Ahora lo haría pagar todo lo que la había hecho pasar. Hasta el último céntimo.



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