
– Muchas gracias por… su ayuda. Lamento molestarlo. Fue…
– No hay necesidad de explicaciones -le aseguró él-. Fue un placer.
– Sí -asintió ella y volvió a ruborizarse al comprender el comentario-. No me refiero…
– ¿No? -la risa suave del hombre fue como una caricia-. Si insinúa que el placer fue sólo mío, creo que no es muy sincera.
Tara apartó la vista de la mirada que la hechizaba. Era evidente que había saltado de la sartén al fuego. Y esta vez tendría que rescatarse por sí misma. Bajó la mirada al papel que él leía y se aferró de la oportunidad para recobrar su libertad.
– Estaba trabajando y yo lo perturbé -comentó en un intento por distraerlo.
– Profundamente -él no le quitaba la vista de encima-. Pero no puedo quejarme.
– Debo irme -manifestó Tara, segura de que se burlaba de ella.
– No, Tara. Si te vas, me dejarás como un mentiroso -protesto él-. Eso no sería muy correcto. Además, tu… amigo podría estar esperando afuera. Parecía muy decidido.
– Estoy segura de que ya se marchó. Ya estableció su posición.
– ¿Ocurre con frecuencia? ¿Es tu esposo? -indagó él, sin esperar respuesta a la primera pregunta.
– No -negó la joven, palideciendo. Daba gracias al cielo de no haber aceptado nunca las propuestas matrimoniales de Jim Matthews-. No, no es mi esposo.
– Un pobre enamorado -por un momento, la compasión pareció nublar la mirada del hombre. Pero sólo por un momento-. En ese caso, ahora que lo he alejado, puedes quedarle y cenar conmigo. Te recomiendo el filete a la pimienta.
Ignoró el brusco jadeo de la joven ante la presuntuosa suposición de que aceptaría su sugerencia. Una mirada bastó para atraer a una camarera y ordenó filetes y ensalada antes que Tara pudiera protestar.
– Ya puedes traer el vino -le indicó a la empleada antes que ésta se marchara. Luego se volvió hacia Tara, retiró el brazo de su cintura y te tendió la mano-. Será mejor que nos presentemos. Soy Adam Blackmore. ¿Cómo estás?
