– ¿Por qué no regresas, Tara? Sabes cuánto te necesito -la figura alta y esbelta parecía patética con la gabardina húmeda, y ella experimentó cierto remordimiento al verlo darse la vuelta para alejarse-. No creas que me daré por vencido -agregó él, con desafío inesperado, sobresaltándola antes de salir.

Con renuencia y avergonzada por su impetuosidad, que la arrojó a los brazos de un desconocido, Tara se volvió hacia el hombre que la tenía aún en sus brazos.

– ¿Por qué hizo eso? -preguntó con voz temblorosa.

– No estaba seguro de qué se esperaba de mi y decidí que debía ser convincente -él arqueó una ceja con gesto interrogante-. ¿Lo fui?

– Su presencia habría sido suficiente -respondió ella.

– ¿Ah sí? -se burló él-. Debió decírmelo.

– No me dio la oportunidad -señaló la joven al recobrar el control de sus cuerdas vocales, aunque aún no de su pulso alterado.

– Lamento no haber estado a la altura de su… caballero perfecto. No es un papel en el que tenga mucha experiencia.

– Usted no es un caballero -le espetó Tara y de inmediato se ruborizó por sus malos modales-. Lo siento, no debí decir eso. Le agradezco mucho su ayuda.

Sabía que debía darle una explicación por su proceder y emprender una retirada rápida. El agradecimiento apenas era necesario. El ya había cobrado su recompensa y, por la expresión de sus ojos, era obvio que encontró muy divertida la experiencia.

Pero la retirada, descubrió ella, no sería tan simple. Trató de apartarse con tanta dignidad como le era posible, pero el hombre todavía la sujetaba por la cintura con firmeza. Con una sonrisa débil, Tara lo intentó de nuevo:



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