– ¿Y bien? -pregunto él, sin dejar de observarla.

– Mmm -modesta, Tara bajó las largas pestañas-. Me gusta.

– ¡Te gusta! -exclamó Adam-. Después de tu actuación, esperaba un comentario más amplio.

– ¿Ah, sí? -preguntó ella con fingida sorpresa y alzó los hombros un poco-. ¿Esperabas que te dijera que es un Cháteau Brane Cantenac, de la región Margaux, cosecha 1963, embotellado de origen?

– Debí imaginarlo -Adam soltó una carcajada, mostrando sus blancos dientes.

– Tal vez -comentó ella, complacida de que el hombre tuviera sentido del humor y aceptara reírse de sí mismo-, o quizá debiste suponer que podría leer la etiqueta de la botella. Aunque conozco lo suficiente para apreciar que no es el común vino de la casa.

– No, Tara, ciertamente no lo es.

Una rubia espigada les llevó los filetes.

– Tal como te gusta, Adam -manifestó y se volvió para estudiar a Tara-. ¿Puedo traerles algo más?

– Quizá más tarde -respondió él con una sonrisa.

– ¿Comes aquí con frecuencia? -inquirió Tara cuando la camarera regresó a la cocina.

– De vez en cuando. La comida es buena. No te había visto aquí antes.

– No, sólo entré para evadir… -se interrumpió-. Pero pensaba quedarme y comer algo -miró su filete con aprensión. En sus planes no estaba pedir un plato tan costoso. Su negocio no iba bien y el dinero no sobraba. Pero si iba a pagarlo, más le valía disfrutarlo.

– ¿Trabajas cerca de aquí? -le preguntó Adam.

– Calle abajo. ¿Y tú?

– En un sitio conveniente -hubo algo en su voz que hizo que Tara levantara la vista, pero el rostro de Adam era inexpresivo, y no ahondó en el tema-, ¿A qué te dedicas?

Ella analizó la pregunta. Cuando dos personas operan una pequeña agencia de empleos, lo hacen todo, incluyendo repartir folletos en que describen sus servicios secretariales y de computación en todos los edificios de oficinas del área los fines de semana, pero no era eso a lo que Adam se refería.



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