– Soy secretaria -manifestó.

– Espero que mejor que quien mecanografió esto -cometo él, apuntando con desdén al documento que leía cuando ella lo interrumpió.

– Es probable -respondió Tara con tono indiferente, pero no dejaría escapar la oportunidad-. Si necesitas la ayuda de una secretaría, podría encontrar alguien para ti.

– ¿Tú? -preguntó él, inmovilizándose, y la joven decidió que ese no era el momento de presionar.

– No, no yo. Yo tengo empleo. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

– Nada excitante. Paso el día detrás de un escritorio, moliendo cifras de aquí para allá.

De soslayo, Tara volvió a estudiarlo. A pesar de estar sentado, era evidente que Adam Blackmore tenía un cuerpo atlético. Tal vez pasaba el día detrás de un escritorio, pero, ¿qué hacía por la noche?

La joven se sonrojó de nuevo por el rumbo que tomaban sus pensamientos y el color de sus mejillas subió más al percatarse de que él la observaba divertido.

– ¿Y bien? -le preguntó él.

– Es el vino -comentó Tara, tocándose las mejillas-. No acostumbro beber con frecuencia.

– Ya veo -dijo Adam y ella tuvo la impresión de que veía de más-. ¿Conducirás esta noche?

– No, no vivo lejos -ese era el motivo por el cual huyó de Jim Matthews. Si éste hubiera logrado seguirla hasta su casa, la sitiaría allí tanto como en la oficina y ella no volvería a tener la paz.

– En ese caso, un poco más de vino no te hará daño -expresó Adam al rellenarle la copa, a pesar de las protestas de ella-. El color de tus mejillas es por demás atractivo.

– Es excelente -comentó Tara al beber otro sorbo de vino.

– Sí, traje varías cajas al regreso de mi último viaje a Burdeos.



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