Rory cerró los ojos y se frotó el entrecejo para calmar el dolor de cabeza que amenazaba con aparecer.

– Me parece que…

– Se trata de algo personal, ¿no?

Kincaid abrió los ojos con actitud culpable.

– ¿Ha dicho personal? -repitió. Jilly Skye lo miró, abrió desmesuradamente esos bonitos ojos verdes, sus pechos voluptuosos asomaron por encima del escote del vestido y la melena se rizó libremente sobre sus hombros. Respondió con una mentira-: No.

– En ese caso, quiero hacerlo -declaró la joven con firmeza.

Rory maldijo para sus adentros y se preguntó por qué aquella mujer no dejaba las cosas como estaban.

– Llevará demasiado tiempo…

– Tiempo es precisamente de lo que dispongo. Aunque por teléfono mencionó la magnitud de la colección, estoy convencida de que podré hacerlo antes de que se cumpla el plazo.

Rory experimentó la sensación de que la situación se le escapaba de las manos.

– ¿Y su tienda? -inquirió, y se aferró a lo primero que se le ocurrió-. No creo que sea bueno desatenderla…

– Tengo una socia y dependientes. Además, actualmente gran parte de las transacciones se hacen a través de la red. -Jilly saltó de la silla sin darle tiempo a que pusiera pegas-. Le demostraré de qué hablo. -En medio de una ráfaga de lentejuelas, la muchacha rodeó el escritorio y ocupó el sillón situado delante del portátil. Apoyó su mano menuda en el ratón y preguntó-: ¿Me permite?

A Rory no le quedó más remedio que acceder. Rodeó el escritorio, se situó detrás de la joven y fijó noblemente la mirada en el ordenador en vez de clavarla en el vestido. Jilly inclinó la pantalla para que Rory viese mejor; luego marcó y clicó hábilmente hasta conectar con el buscador. Una vez allí, casi en el acto lo trasladó a una web llamada «Things Past», cuya propietaria era Jilly Skye.



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